Don Jaime y el televisor asesino (relato ganador de Mundos en Tinieblas 2011)


Por Diego Martín Rotondo

Doña Amanda encontró a Don Jaime sumergido en su sillón; tenía el control remoto en la mano derecha, estaba muerto. Cuando llegaron los policías, presa de una terrible desesperación, comenzó a gesticular con sus bracitos y a vociferar enloquecidamente.

—¡La televisión me lo mató!... él… ¡él se ponía muy nervioso y gritaba! —decía una y otra vez.

Los uniformados ingresaron a la vieja casona sostenida por paredes herrumbrosas y descascaradas, cubierta por techos grises, renegridos por la humedad; decorada con muebles de antaño y jarrones con flores muertas. Colgaban de todas partes decenas de fotografías espectrales con bodas y bautismos color sepia, retratos ovales y rojizos mostrando extraños personajes del siglo pasado; había pinturas baratas con paisajes fangosos que parecían ser parte de la utilería de una película de horror. Los policías sintieron una corriente eléctrica que ascendía por las suelas de sus borceguíes y les escalofriaba el pescuezo. El hedor era inaguantable; olía a muerte; un vaho húmedo que parecía ser una mezcla de los aromas característicos de la naftalina, la leche pútrida y el Gamexáne.

El viejo Jaime se hallaba postrado en un sillón desvencijado de pana bordó, frente a un arcaico televisor negro de treinta pulgadas. Todavía estaba tibio el finado, tenía los ojos abiertos y estremecidos, enfocados en dirección a la pantalla. Llevaba una camisa abierta y bermudas blancas. Sus piernas dibujaban un rombo gélido y lampiño que se cerraba en unos pies varicosos enjaulados en unas viejas ojotas de cuero negro. Su mano estrechaba el control remoto como si se tratase de la empuñadura de una espada, como si hubiese batallado hasta la muerte contra la invisibilidad de los fantasmas catódicos de cada mediodía.

—¡Él miraba el noticioso todo el día! —chillaba la viejecita—. Se ponía el despertador a las seis, tomaba el café con leche y se sentaba en el sillón a mirar las noticias hasta las doce de la noche, a veces ni cenaba, solo me pedía que le llevase el mate… ¡Pobrecito mi Jaime! ¡Él gritaba oficial! ¡Gritaba mucho! ¡Y contaba los muertos de cada día! ¡Decía que nos iban a venir a buscar jovencitos encapuchados y que nos iban a atar y que nos iban a cortar en pedacitos y después, que nos iban a quemar! ¡Andaba loco con eso! ¡Decía que el noticioso lo mostraba todo el tiempo! ¡Y lo repetía y repetía y repetía! ¡Dios mío! —gemía doña Amanda—. Él decía: “En cualquier momento nos va a llegar vieja, falta poco, el señor de la tele lo dice”

Los dos policías se miraban con gestos lastimosos e indulgentes; uno tomaba nota, el otro se comunicaba por Handy con la ambulancia.

—¡Me lo mató la televisión! —Repetía la pequeña anciana derramando sus lágrimas sobre sus palmas reumáticas.

El policía del handy sondeo los vértices aceitosos del televisor como queriendo atender los reclamos de la anciana; saco su linterna y la enfoco sobre los cables polvorientos y llenos de pelusa que le daban corriente al aparato. Sonrió con cierto sarcasmo, otro caso aburrido pensaría; sin embargo…

—¡Pero! ¿Qué mierda?... —mascullo con un gemido apartándose del aparato de un salto—. ¡Que es esto!

El otro oficial que se encontraba observando al anciano se dio la vuelta y observó a su compañero.

—¿Qué paso Jorge? ¿Qué encontraste?

—¡Mirá la tele!... ¡Mirá!... Esto… ¡Esto es sangre ché!

La pantalla del viejo televisor comenzó a transpirar gotas escarlatas, dibujando enjambres de sangre que enjaulaban el rostro del periodista que contaba los muertos del día en el noticioso. Las gotas rojas casi negras, también comenzaron a filtrarse por las rejillas de ambos parlantes laterales. Los oficiales, absolutamente desconcertados, caminaban acechantes alrededor del aparato que no paraba de supurar estrías de sangre desde sus vértices y sus botones.

—¡Pero que!... —mascullo el otro policía mientras posaba su mano trémula sobre la funda de su pistola.

—¡Él siempre decía! —gritaba Amanda— ¡Que el televisor estaba lleno de gente muerta!... Y hoy, lo escuche gritar: ¡Vieja, sale sangre de la televisión! ¡Vieja vení! ¡Y lloraba como un bebé mi Jaime! Y cuando vine al living… ya se había ido el pobrecito.

Ambos oficiales se miraron pávidos, mientras la sangre comenzaba a expandirse por el piso turbio de pinotea y cercaba circularmente las botas negras de ambos hasta atraparlos en un charco rojo y burbujeante. La viejecita se llevo sus manos achacosas a la cabeza y camino zigzagueando, dando pasitos en cámara lenta rumbo a la puerta de entrada…

—Ohhh...… ¡Jesús, María y José! ¡Otra vez! ¡Otra vez! —chillaba mientras huía hacia la calle. Detrás de ella, en el interior de la casona, dos alaridos agónicos menguaban con el sol del crepúsculo.

Dos horas más tarde, alumbrados por la luna roja, una veintena de uniformados, fuertemente armados, irrumpieron en la morada. Encontraron tres cadáveres. La pequeña anciana no paraba de repetir:

—¡La televisión los mató! ¡Ellos se pusieron muy nerviosos y gritaban!

Basili Kosich


Por Daniel Andrés Campano

No soy Basili Kosich. Lo aclaro porque desde esta mañana todo parece indicarme lo contrario. Mi nombre es Miguel Vargas y soy empleado municipal de Pico Truncado, una modesta localidad del sur de Argentina. Tengo cuarenta y dos años recién estrenados, sin hijos, sin pareja, sin familia, pero con algunos amigos que espero lean esto y puedan restablecer la realidad que me está siendo usurpada.

En este momento estoy sentado en una especie de bar y mientras escribo no puedo dejar de percibir una espantosa realidad: las personas a mi alrededor hablan una lengua que me es desconocida. Hace unas horas, cuando ingresé a este establecimiento notablemente alterado por lo que me ocurría, mi pánico se incrementó al notar que el mozo que me atendió no entendía nada de lo que le hablaba. Tuve que valerme de gestos para hacerme servir un café cargado, unas cuantas hojas y una birome. Necesito hacer memoria para recordar que pasó anoche, allí posiblemente esté la clave para descifrar lo que me pasa.

Brumas, sólo brumas. He tenido resacas memorables en mi vida, pero jamás me había pasado algo así. No puedo recordar que pasó ayer, mis recuerdos terminan en el momento en que llegué del trabajo dispuesto a celebrar mi cumpleaños con Víctor y Rubén, y es en ellos en quienes deposito las esperanzas de una respuesta, en ellos y en esta carta cuya única función parece ser la de sacarme de esta realidad terrible que me está lacerando la mente. No recuerdo nada, y no sé por qué estoy acá, ni donde estoy. De hecho, no recuerdo siquiera cómo me levanté esta mañana al despuntar el alba. Mi conciencia del día parece haber regresado a mí desde una niebla desconocida mientras caminaba sin rumbo fijo por unas calles que jamás había visto, como si del sueño hubiera pasado a la vigilia sin interrupción en mi andar, y sin interrupciones entre lo onírico y lo tangible, y por eso decidí entrar a este bar a ordenar mis pensamientos. No tengo dolor de cabeza, no siento el típico sabor pastoso que acompaña a la metabolización del alcohol, estoy limpio, con ropas prolijas y agradables, salvo un pequeño detalle… no es mi ropa la que estoy vistiendo. En vano intenté buscar mi celular, no lo tengo, ni tampoco documentos o algo que me devuelva la identidad que se me escurre como arena por los dedos.

¡No soy Basili Kosich! El nombre retumba en mi mente como intentando ser reconocido como propio… sin embargo yo sé que soy Miguel Vargas, y que me encuentro sumergido en un lugar extraño como en un mal sueño del que no puedo despertar. He notado en el último cuarto de hora con cierto asombro que el zumbido de la charla de las mesas vecinas se va haciendo menos oscuro, menos zumbido y más murmullo, y curiosamente algunas palabras son perfectamente asimiladas por mi, aunque desconozco el dialecto al que pertenecen. Soy Miguel Vargas, la reiteración es necesaria, y no hablo más idiomas que el castellano con el que me críe. No entiendo que está pasando, pero esto no puede ser más real que una pesadilla. Aunque a veces las pesadillas son más reales de lo que uno supone.

Hace unos minutos fuí al baño y me miré en el espejo. Si bien hasta hace poco estaba seguro de mi aspecto, el reflejo de mi imagen me devolvió una realidad absolutamente distinta que me impactó en primera instancia, pero que ahora me resulta perfectamente natural. Reconozco cada ángulo de mi fisonomía como propio, la redondez de mi vientre, la claridad de mis ojos, la espesura de mi barba, cada una de las manchas de mis manos; sin embargo hubiera jurado que siempre fui delgado, de ojos oscuros y retraídos y barbilla lampiña. Usando sorprendida y toscamente un idioma que hasta hace unas horas me era ajeno, solicité que me indicaran donde había un teléfono para hacer una llamada. Pero no pude marcar ningún número, simplemente no recuerdo siquiera la característica mi ciudad. Nuevas cifras sin destinatario comienzan a poblar mi mente como una marea suave pero persistente.

Confundido trato de guarecerme en algo íntimo y personal. Ajeno a toda pertenencia física que me auxilie, recurro a los siempre confortables recuerdos de la infancia, pero descubro asombrado que un velo tenue comienza a tiznarlos con una capa de nuevos recuerdos que no siento propios, o al menos no son parte de la realidad a la que estoy habituado. Sigo sentado en este bar, con estas hojas que escribo bajo mi diestra (¿no era zurdo yo?), con la sombra de un nuevo café en la taza y desahogándome en este diario improvisado. Cada tanto miro hacia afuera a través del ventanal y trato de encontrar respuestas en el andar de las personas que caminan, los vehículos que circulan, las nubes semovientes de un cielo que ya casi me parece familiar. Me llama la atención el aspecto de las edificaciones, techos rojizos, edificios antiguos que exhiben orgullosos una existencia incluso milenaria en sus fachadas. Fachadas que se dibujan en mis pupilas en contornos que ya han sido marcados con anterioridad aunque no entienda como es eso posible. Juro que jamás he salido de mi país, y no existe posibilidad alguna de que me encuentre en una zona desconocida de Pico Truncado. ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué acá? ¿Quién soy?

La respuesta a estas intrigas se forma en mi mente con una certeza que termina por borrar cualquier asomo de duda, del que sólo queda registro por lo escrito precedentemente.

Me encuentro en mi ciudad natal, Pécs, una modesta urbe del sur de Hungría… y mi nombre es Basili Kosich, tengo cuarenta y dos años recién estrenados, y ya no sé por qué empecé a escribir estas notas.

La habitación vacía


Por Gustavo Fernando Reyes

El joven despertó en el piso. Curiosamente, no recordaba quién era ni adónde estaba.

Le dolía la cabeza. Tenía manchas de sangre por toda la ropa. Intentó sentarse pero ni las piernas ni los brazos le respondieron, como si hubiera estado clavado al suelo. Tomó aire con fuerza. Tenía los pulmones oprimidos por el peso del cuerpo. Al cabo de un rato volvió a probar. Logró despabilar un brazo y luego otro. Logró extender una pierna y luego otra. Entonces se incorporó. De prisa. Agitado.

Apoyó una mano en la pared y trató de recordar cómo se llamaba. Las agujas instaladas en la cabeza no le permitieron pensar. De un vistazo pudo cerciorarse de que estaba en una habitación exigua, de una sola puerta y una sola ventana. Fue en ese momento, al girar los talones, al avanzar hacia el centro de la habitación, que vio el cadáver. Estaba boca abajo, la nariz incrustada en los tablones del piso. Un curso de sangre corría en busca de la salida. Las rodillas del joven cedieron. Aturdido, gateó hasta la puerta implorando ayuda. Arañó el empapelado y alcanzó el picaporte. No recordaba su nombre, no sabía adónde estaba, pero no tenía dudas de que era un asesino. Los asesinos huyen, pensó con extrañeza, como si ese pensamiento no le perteneciera. Antes de salir se volvió sobre el cuerpo. Registró sus bolsillos en busca de alguna evidencia que le ayudara a reconstruir la memoria. Solo dio con una billetera de cuero, una libreta amarilla, unas fotos borrosas. Tomó la billetera y dejó el resto. Salió. Afuera se encontró con un pasillo estrecho. Varias puertas se recortaban a ambos costados de la penumbra. Al final del corredor vio luz y escuchó unos ruidos. Un hombre roncaba con las piernas montadas sobre un mostrador. Cruzó el vestíbulo del hotel con la celeridad de un prófugo. Cuando alcanzó la calle escuchó que el conserje daba voces tratando de detenerlo. Paró un taxi y subió. Solo entonces se percató de que no sabía adónde ir, que en realidad no tenía adónde ir. Abrió la billetera y sacó diez pesos. No había mucho dinero. Hasta donde llegue, le dijo al taxista, lanzando la plata. El taxista lo espió por el retrovisor. Además de la sangre en la ropa, el pasajero tenía cortes en las mejillas y en la frente, como si hubiera librado una batalla. Los cabellos exaltados revelaban que no había tenido una buena noche. Diez cuadras después el taxi frenó abriendo un surco hirviente en el pavimento. El joven se arrojó del vehículo. Caminó sin dirección, sumido en los vapores amargos que causa el desconcierto. Se metió en el primer hotel que encontró. El hotel Savoy. El horizonte estaba salpicado de sierras. Se registró con el nombre de José María —se le ocurrió en el momento, tal vez por la imagen de Cristo que había junto al tablero de llaves— y trepó tres pisos hasta su habitación. Una vez allí, se desplomó en la cama. Deseaba dormir por el resto de sus días, pero una misión muy importante lo esperaba: averiguar quién carajo era y por qué había matado a un hombre. Saltó de la cama y corrió hasta el baño. Pensó que al mirarse en el espejo recordaría su nombre instantáneamente. Pero no. El espejo le devolvió la imagen de una cara desconocida, ojos irrigados de crueldad. No sólo era un asesino, también se parecía bastante a uno. Entonces rompió el espejo con el hierro de su puño.

Regresó a la cama y prendió el televisor. Buscó el canal de noticias locales. El control remoto temblaba en una mano. Por un programa de meteorología supo que estaba en Carlos Paz. Después de un rato de deambular de un canal a otro, dio con un resumen de noticias policiales. De pronto reconoció el hotel, el hotel del que acababa de huir, el hotel donde despertó junto a un cadáver. En una sucesión de imágenes vertiginosas vio la habitación donde despertara y perdiera la identidad, vio el cuerpo ahora tapado por un nylon negro, vio el curso de sangre que se convirtió en laguna, vio al conserje que trataba de describir al asesino, asegurando que era joven, cabellos encrespados, ojos saltones, que nunca lo había visto antes, ni siquiera al entrar aquella mañana, vio a la policía cercando el hotel con cintas rojas, ahuyentando la curiosidad de los vecinos. Quiso seguir viendo, quiso continuar mirando por si algún dato lo orientaba en medio de tanta confusión, pero el sueño lo asaltó, lo derribó de la misma manera que él había hecho con su víctima. Durmió profundamente. Con pesadez.

Cuando despertó a la mañana siguiente tenía ropas limpias y olía a colonia barata. Notó que le dolía un poco la cintura. Quizá porque se había quedado dormido con las piernas trepadas al mostrador. En su cabeza retumbaban los ecos de un portazo. Fue el ruido que lo despertó. Desmontando las piernas rodeó el mostrador y vio que la puerta del hotel que daba a la calle había quedado entreabierta, como si alguien en el apuro hubiera olvidado cerrarla. Un escalofrío polar de pronto lo invadió. Volvió la vista y vio el pasillo estrecho por el que la mañana anterior huyera como un criminal. ¿Es que acaso lo era? ¿Cómo había aparecido otra vez en el lugar del crimen? Aquello no tenía explicación, como tampoco el deseo de remontar el pasillo en penumbras hasta la única puerta que dejaba escapar una luz agónica. Empujó con el codo la placa de madera para no dejar huellas y miró hacia adentro. Tenía la esperanza de encontrar una habitación típica de hotel de segunda, con una cama apenas estirada, toallas plegadas como cartón, jabones de miniatura dispersos por todas partes. Pero lo que halló fue el horror de una escena ya conocida, el espanto de una habitación sin muebles, vacía, y en el centro el cuerpo de un tipo, sin nylon negro que lo cubra, sin billetera de cuero, pero con un hilo de sangre manando de su vientre que cobraba dimensiones de charco. Y José María volvió a huir, como la mañana anterior salvo que el conserje no le salió a gritar, porque él era el conserje, el mismo que había matado al tipo de la habitación vacía.

Regresó corriendo al hotel Savoy. Se encerró en la habitación. Clausuró las ventanas que daban a la calle. Pasó todo el día pensando en una forma de resolver su situación. Hacía dos días que no comía. Solo tomaba agua de la canilla mientras se mojaba los pelos y la nuca. Pensó en entregarse a la policía pero de inmediato desechó la posibilidad. Cómo le iban a creer a un tipo que ni siquiera recordaba su nombre. Tal vez si escribía su declaración, si contaba cómo sucedieron los hechos. La idea lo entusiasmó y de inmediato sacó la birome que llevaba en el bolsillo de su camisa de conserje y escribió con rapidez, escribió como si buscara en ese hecho la salvación de su vida. Sólo escribió. Las ventanas selladas no le alertaron sobre el avance de la noche. El televisor aquel día nunca se prendió. Hacia la madrugada el cansancio lo derrotó. José María o como quiera que se llamara cayó de bruces sobre la mesita que oficiaba de escritorio. Malherido.

No volvió a despertar. La policía lo encontró muerto, con doce puñaladas en el vientre, en una habitación sin muebles de un hotel de segunda. ubicado en Carlos Paz. Aparentemente el móvil del crimen fue el robo. La billetera de cuero de la víctima nunca se halló. Tampoco al conserje, acusado del asesinato. El criminal dejó explicado en una libreta amarilla las razones de su empresa, que tantas pesadillas y culpa le originaran.

Un hombre de palabra


Por Gustavo Alberto Valitutti

Alfredo Gutiérrez arrastró los pies desde su casa en la calle Belgrano hasta el negocio familiar, una zapatería en Avenida de Mayo cerca de la calle Florida. Eran unas cuantas cuadras, pero se obligaba a hacerlo porque podía hacerlo sin pensar. No era suficiente, pero era algo. Desde que Martha había muerto en el parto, él prefería no pensar.

En un lapso corto de tiempo, había dejado de ver a sus amigos del barrio e incluso, a muchos de sus familiares más cercanos. Estaba derrumbado. A medida que pasaban los meses perdía más peso y la ropa ya no le quedaba, parecía un espantapájaros andante, nada bueno para un comerciante. Más soledad.

Hacía diez años que el negocio familiar había pasado a sus manos, y si bien se habían sucedido años buenos y malos, tal como le había prometido a su padre, Alfredo continuó aún cuando lo más sensato hubiera sido cerrarlo.

“Es que se puede definir a cada persona con dos o tres palabras”, le decía siempre su padre, “que te conozcan por ser un hombre de palabra”. A él le había parecido demasiado solemne, pero el mensaje caló hondo y efectivamente, con el tiempo, se constituyó en una de sus virtudes. Exactamente eso, un hombre de palabra para las grandes cosas, las pequeñas y las de todos los días, aquellas que, según su padre, definían a una persona.

Esa mañana abrió el negocio a las siete de la mañana, una hora antes de lo que acostumbraba. El local no era muy grande, pero estaba a metros de la futura estación de subterráneos. “Igual que en Londres”, le había dicho Ramiro, el peluquero del local contiguo. Después de abrir, se asomó a la puerta para ver la avenida por última vez. Sus edificios ornamentados, sus vidrieras cargadas con las últimas novedades de Europa y los bares que a esa hora ya comenzaban a llenarse. Inspiró profundamente y suspiró con melancolía.

—Hoy es un día horrible— le dijo a Martha— me siento cada vez peor y no sé qué hacer— dijo meneando la cabeza, pero una vez más Martha no le respondió.

Entró al local arrastrándose, se apoyó un segundo en la pared y pasó la mampara que separaba el salón de trabajo, de la cocinita y el baño del local. Llevaba en la mano un sobre papel madera que había tomado del ropero de su habitación. Sacó el revólver y comprobó que las balas estaban en el tambor. Dejó el arma en el lavabo y se llevó las manos a la cabeza, estaba solo frente a un espejo. Se quitó los zapatos, el reloj y la camisa.

Sintió como el frío del piso se le metía por los pies y subía por las pantorrillas, y comenzó a recordar imágenes inconexas… El color exacto de las paredes del comedor en casa de su abuelo, lo que su hermano le había dicho acerca de la vecina de al lado, su padre en la puerta señalando el auto nuevo, Martha, el árbol de la plaza, una imagen y otra y otra…

Alfredo levantó el arma y llevó el caño frío hasta su sien derecha.

Su dedo índice insistía en temblar en lugar de hacer su trabajo mientras que sus cejas se elevaban en su frente evitando que los ojos se pudieran cerrar. El espejo devolvía esa imagen de su cara distorsionada y no pudo evitar que una carcajada se le escapara, después un resoplido se mezcló con mocos y eso le hizo aún más gracia, así que dejó caer el arma en el lavabo y se puso a llorar.

— ¡Vendedor!—gritó una cliente desde el salón— ¡Vendedor, rápido!

Casi instintivamente manoteó la camisa y comenzó a abotonarla. Del otro lado de la mampara, la cliente golpeaba con insistencia el mostrador con una moneda. Se calzó los zapatos y abrió la canilla para lavarse la cara. Entonces reparó en que la pistola seguía ahí.

— ¡Carajo!—gritó mientras retiraba el arma y ponía el seguro, porque lo que estaba haciendo iba a tener que esperar. Parecía tonto que un suicida tuviera algo que esperar. .

— ¿Cómo? — preguntó la muchacha, porque eso era, una jovencita de no más de veinticinco años, aunque vestida muy formal y a tono con la última moda europea.

— ¿Señorita? —dijo Alfredo mientras entraba al salón.

—Señora— respondió ella que se había dado la vuelta y miraba los zapatos. Alfredo avanzó unos pasos hacia ella y trató de mirar su rostro, pero ella tomó uno de los zapatos y se sentó para probárselo.

— ¿Quiere un calzador?—preguntó Alfredo que se lamentaba en su interior de no haber cerrado la puerta del local—Estoy bien —respondió ella mientras se aflojaba la cinta de uno de sus zapatos. Tenía pies finos y elegantes, Alfredo no lograba ver su rostro.

—Quiero estos y los de al lado. — declaró la cliente y en cuanto Alfredo se dio vuelta, se paró y fue al mostrador para pagar.

—Están en promoción— dijo Alfredo siguiendo sus instintos de vendedor.

—No me extraña— dijo la muchacha con vos entre divertida e irónica—

—Las señoras los llevaban de a dos pares el año pasado. Así que pedí más al fabricante.

Alfredo se quedó unos segundos observando la silueta familiar de la mujer. Retiró de la repisa los dos pares de zapatos que ella le había pedido y se dirigió él también al mostrador. Se puso frente a ella, pero la chica estaba inclinada sobre su cartera revolviendo ese universo indescifrable para los hombres que las mujeres jóvenes siempre llevan consigo.

—Lo tenía por aquí—dijo la chica y Alfredo se quedó sin saber qué responder— Bueno, me la olvide. No tengo la billetera conmigo.

—No se preocupe, señora, llévelos y mañana cuando pase por aquí…

La mujer tomó los zapatos y los puso en su lugar. El vendedor reparó en que la chica llevaba una sortija con un brillante igual al que le había regalado a Martha.

—En serio, puede llevarlos, realmente no me hace ninguna diferencia…

—No, no, no— dijo la chica— sólo le voy a pedir que los guarde hasta que vuelva por ellos.

—No hay problema, Vaya tranquila señora— le respondió Alfredo dándose por vencido. Hubiera querido darle los zapatos… pero no tenía sentido dar explicaciones— ¿Cuál es su nombre?

— ¿Mi nombre?— preguntó la muchacha con ironía. A Alfredo lo recorrió un escalofrío. Avanzó unos pasos hacia ella que permanecía detenida junto a la puerta, dándole la espalda.

— Me llamo Martha— dijo y giró algo la cabeza de manera que Alfredo pudo ver su mejilla y su ojo castaño— ¿Entonces? ¿Me das tu palabra? ¿Vas esperar a que venga a buscar mis zapatos? — le preguntó a Alfredo que detrás de Martha observaba, estático, su reflejo en el vidrio de la puerta.

Alfredo asintió, ella sonrió y salió del local.

Él se asomó para seguirla con la vista, pero supo que era inútil. Ella desapareció como si se hubiera mezclado con el aire y el sonido de sus tacos pronto se desvaneció bajo el rugido de las calles de Buenos Aires.

El temblor


Por Leandro Antonio Santillán

Los viejos que tomaban mate en la vereda lo llamaban Pancho. Siempre lo veían pasar trotando como perro de competencia —aunque con la lengua afuera—, mirando con cara de ternero degollado (así decían) hasta que por fin encontraba alguna sombra y ahí se echaba por horas. El verdadero nombre era Vrolok, así al menos le había puesto el eslovaco Patricio cuando se lo dieron con diez días de vida, hacía ya más de siete años. Si bien una exasperante tranquilidad era característica inconfundible del noble animal, también dedicaba parte de su tiempo a oler culos de sus pares, pedir comida o caricias con la mirada y a hacer todas esas cosas que hacen los perros de pueblo, todo excepto correr. Él trotaba; era como si aumentar un poco la velocidad le demandara una energía tal que pudiera conducirlo a la muerte misma.

Vrolok —o Pancho— parecía pastor alemán pero en realidad era demasiado enano para hacerle honor a esa raza. A los viejos le costaba imaginar cómo había sido concebido dada la notable diferencia de altura que había entre el gran pastor que fantaseaban como padre y Gilda, la perra petisona que lo había parido tiempo atrás.

También Patricio, el dueño de Vrolok, era objeto de conversación entre los vecinos. Lo catalogaban de parco por su notable reticencia a esa vida social tan común en los pueblos chicos y criticaban su extraño aspecto: piel blanca y cabello negrísimo sumado a unos ojos claros y penetrantes. Cada tanto solía agarrar su camioneta F100 desvencijada —a veces solo, a veces con su mascota— y desaparecía por varios días. Si bien los vecinos no sabían cómo se ganaba la vida, muchos coincidían en que esos viajes nocturnos tenían que ver con sus negocios, negocios que los malpensados de siempre clasificaban como “extraños”.

Y un día, mientras Vrolok vagaba por ahí un temblor sacudió la zona. No era el primero, por lo que la gente no entró en pánico, pero causó bastante susto por la fuerza con la que se movieron las cosas. Instantes después de que el sacudón pasara al anecdotario local, los vecinos constataron que todo estuviera en orden y siguieron con su vida normalmente. Todos menos Vrolok, que a partir de ese hecho abandonó su habitual y tranquilo comportamiento.

Mientras que antes se acercaba para recibir una caricia, ahora lo hacía sigilosamente para morder con fiereza a su víctima y escapar velozmente hacia su hogar. Incluso dejó de agarrar los huesos que la gente le daba, lo que extrañó aún más a todos; solo se saciaba de una única manera: mordiendo y escapando. La gente temió que el temblor hubiera afectado a todos los perros, pero con el paso de los días comprobaron que solo Vrolok se había vuelto violento.

Luego de tres certeros ataques, la situación pasó a ser la primera preocupación del pueblo. Estaban quienes decían que había que sacrificarlo y quienes sostenían que había que hablar con Patricio y plantearle la situación para contuviera a su peligrosa mascota. Como no hubo acuerdo, momentáneamente los vecinos solo se dedicaron a tratar de evitar el contacto con el animal, pero de todas maneras éste se las ingeniaba para lograr su cometido sin ser atrapado.

Una noche de esas, Manuel, el hijo del panadero, se encontraba cenando con sus padres cuando alguien tocó la puerta con desesperación. Era Beatriz, su hermana, que pedía ayuda a gritos porque su hijo había sido atacado por Vrolok. Manuel fue al encuentro de su sobrino y notó una grave herida en una de sus regordetas piernas. Sin dudar un segundo, improvisó un torniquete con un trapo y un tenedor. El desmayo de Beatriz al observar que a su criatura le faltaba un pedazo de carne a la altura del gemelo le agregó más dramatismo a la escena. Minutos después llegó el doctor, se hizo cargo de la situación y todos se tranquilizaron un poco, todos excepto la madre que seguía penando, mano en pecho y derramando lágrimas.

Manuel se puso a hablar con un amigo de su sobrino, testigo principal del hecho, y éste le contó cómo había sucedido todo. Que estaban jugando en el patio pese a que su madre los había mandado a dormir, que la pelotita que pateaban se fue hacia el lado de las plantas del jardín, que el gordo la fue a buscar, que justo cuando estaba por agarrarla algo se movió, que el gordo gritó y que un perro salió rajando hacia la calle, para el lado de la casa del loco Patricio. Cuando Manuel se estaba yendo, el chico lo agarró del brazo y le dijo que nunca en su vida había visto a un animal correr tan rápido. “Corría tan rápido que daba miedo”, le dijo.

Manuel y otros dos vecinos fueron hasta la casa de Patricio, golpearon la puerta pero nunca fueron atendidos. Dieron vueltas alrededor tratando de encontrar una ventana por donde mirar para constatar si había movimientos en el interior pero todas se encontraban cerradas y tapadas con cortinas oscuras. Lo único que pudieron observar fue un pequeño agujero en la puerta trasera por donde seguramente Vrolok entraba y salía. Uno de los hombres sugirió tapar el agujero para impedir que el perro saliera nuevamente, pero Manuel, observador, consideró que no había elementos para asegurar que el animal estuviera adentro.

A raíz del incidente, algunos vecinos optaron por armarse y otros por salir lo menos posible, lo que dotó al pueblo de un aire de abandono como nunca antes había tenido. Todos llegaron a la conclusión de que había que atrapar a Vrolok y encerrarlo hasta tanto su dueño viniera a reclamarlo. Apostaron a un vecino armado para que vigilara el agujero desde una distancia prudente, mientras que el resto permanecería alerta ante un posible nuevo ataque.

Al día siguiente, en horas de la tarde, cuando el sol se ocultaba de a poco detrás de los cerros, Vrolok sorprendió a una vecina colgando la ropa y le saltó encima, lo que hizo que la señora trastabillara y cayera indefensa al suelo. Con una velocidad inverosímil le arrancó un pedazo de brazo y huyó hacia la vivienda de su amo, mientras era perseguido por las personas que fueron alertadas por los gritos espeluznantes de la vecina, que en medio de movimientos espasmódicos se desangraba rápidamente.

El perro se escabulló por el agujero que había en la puerta trasera y detrás de él, luego de que Manuel tumbara la puerta con una violenta patada, ingresaron los perseguidores. Uno de ellos tuvo que prender una linterna porque la oscuridad en el lugar era absoluta y el piso estaba lleno de cosas tiradas. A medida que se acercaban al único sonido que emergía de las tinieblas, asustados por el lúgubre escenario y por un fuerte olor nauseabundo que parecía emanar de cada uno de los rincones de la casa, los hombres se fueron quedando y saliendo, todos a excepción de Manuel, cuyo ánimo de venganza lo impulsaba a avanzar a paso lento, sigiloso, a empuñar con fuerza la linterna que le dio uno de los cobardes y también el palo con punta afilada con el que pretendía defenderse de un virtual ataque del perro. Así llegó hasta la puerta semi abierta de la habitación de cuyo interior se escapaba el ruido, cada vez más claro, más nítido y gracias a esa claridad, notoriamente más repugnante.

Manuel encendió la linterna y la tapó con la mano para no despertar brusca atención. Se acercó hasta la puerta, asomó levemente la cabeza y empezó a descubrir la luz de a poco, apuntando hacia la fuente misma del sonido, con curiosidad pero también con miedo. La iluminación amarilla fue abarcando cada vez más espacio hasta que alumbró de lleno la escena, pero sólo por un par de segundos porque la linterna cayó violentamente al piso, primero oscilante, luego quieta, e iluminó un rincón apático de la habitación.

Manuel, con espanto, antes de huir trastabillando con miles de objetos, vio cómo Patricio, notablemente desmejorado y aplastado por un gran mueble, clavaba sus largos colmillos en un pequeño pedazo de carne y succionaba la sangre mientras Vrolok, jadeante y con el hocico rojo, le relamía la frente.

La zapatilla azul


Por Guillermo Javier Naveira

El hogar ya está apagado. La noche incipiente me somete fácilmente al cansancio, dejándome llevar. Las piernas de mi mujer se enroscan en mí, debajo de las frazadas. Rem, silencio profundo y continuo. El calor del otro cuerpo se renueva en mi pecho, mi cabeza cae de costado y nada más. No existe el mundo después de eso.
Casi imperceptible, algo similar a un aullido cruza mis oídos y crece. Los ojos dejan de darme vueltas y los parpados se abren. Empiezo a distinguirlo. Los perros ladran descontrolados en el parque, a veces parecen llantos, no sé si es valor o desesperación. Giro dentro de la cama. La cara de Luciana expresa una mueca de horror.
- Voy a salir- le digo escondiendo temor.
- No lo hagas.
- Tranquila, no pasa nada.
- Quiero que te quedes, por favor- vuelve a mirarme con horror.
- Tengo que salir.
- No tenés que hacerlo.
- Si, están los perros ladrando- justifico mi partida.
- Y?
- Por ahí son pecaríes o algo así.
- Tengo miedo!! Quedate, Marquitos se va a despertar- implora con sus ojos verdes.
- Son dos minutos, bajo para ver. Vuelvo en seguida y te abrazo- me pueden esos ojos.
La veo pucheriar mientras se tapa. “Estúpido, vos tú curiosidad”, estará pensado Lu, pero no se imagina porque bajo. “Debe ser una liebre o un cerdo” me repito una y otra vez en mi cabeza, tratando de escapar a la posibilidad de algún enfurecido asesino o ladrón. Pero no puedo evitar acordarme de la masacre que sufrieron hace un año los Manfredi. Sus cadáveres destrozados, las marcas de los arañones en las puertas, los coágulos de sangre en las paredes, la pobre anciana llorando sobre los cajones de su hijo, de su nuera y de sus nietos. Definitivamente tengo que bajar.
Salir del colchón fue como recibir un baldazo de agua congelada en el polo norte. Acto seguido me calzo la campera, los guantes y el gorro. El aire me enfría la sangre y los pulmones. Abro el placard y saco del fondo la Winchester. Exhalo humo por la boca y vuelvo a respirar profundo. La casa es vieja, rechinan los escalones con mi peso al bajar. Solo tengo que abrir la puerta y ver con que me encuentro.
El cielo está cerrado, ni la luz de la luna asoma algún pequeño resplandor. Más allá de la entrada el verde se pronuncia inmenso entre los árboles que se mueven por el viento. Puedo sentir como un escalofrió me recorre, cuando noto los pelos erizados de los dos perros. Tanto el dogo, como el ovejero alemán, están nerviosos. Se cruzan de lado a lado, enredándose entre sus cadenas. Hasta podría decir que en el ambiente hay un olor diferente. Un hombre de campo como yo sabe distinguir bien cuando otro animal anda rondando por los pastizales.
Un paneo a lo largo del horizonte no me revela nada, lo único que escucho el sonido del aire silbándome al oído y a los perros hocicando hacia adelante.
Quizás sea innecesario, pero supongo que si doy unas vueltas confirmare que no pasa nada. Cargo el arma en la espalda y me decido por llevar al dogo con migo, prefiere matar antes que ladrar. Todo esta tan negro que lo único que cobra forma es lo que logra alcanzar mi linterna. Pasto y más pasto mojado. Comienzo a creer que me estoy volviendo paranoico, ¿qué tiene que hacer un hombre a esta hora de la madrugada entre los pastizales? Falta poco para que amanezca y no puedo darme el lujo de no trabajar mañana, eso sí que sería no proteger a mi mujer y a mi hijo.
Sin encontrar nada me dispongo al regreso, teniendo más respeto por mi sueño que por mi insomnio.  
Pero más allá del deseo, el impulso de la correa hacia una zona del jardín gana mayor relevancia. El perro hace pequeños aullidos, el césped está manchado con un hilo de sangre bordo que se pierde dentro de la maleza. El animal me tira fuerte, parece enfurecido. Ambos empezamos a nadar entre los yuyos, atraídos por la línea roja imperfecta, que se dibuja a veces en el piso, y otras veces a los costados. Ya no siento tanto el frio. La caminata se hace intensa y me hace sudar. El camino  lleva a hasta la ruta, donde prácticamente no pasan autos.
El trayecto de sangre parece perderse cruzando el asfalto. Sin darme cuenta, impulsado por la potencia del dogo, caigo de manera espamentosa en una zanja. Allí entre el agua podrida y las moscas flota una zapatilla azul, bastante despedazada.
El cielo ya a esa altura pinta algunas líneas naranjas en el fondo. Levanto la cabeza por arriba del surco del piso y lo veo, por dios que puedo verlo. Ojalá no escuche los gruñidos de mi animal.
Tirado a varios metros de distancia un muchacho yace sin vida en el suelo. Encima de él un ser espantoso, parecido a un licántropo, desmiembra su cuerpo mutilándolo. No puedo evitar que un vómito se extienda por mis labios sacudiéndome, dejándome sin fuerzas para sostener la correa. El perro escapa de control y corre echándose sobre el ser, mordiéndolo. Luego el ruido de una mandíbula partiendo huesos se hizo presente y el dogo cayó estático.
Preso del miedo solo atino a irme lo más rápido que puedo. En mis manos llevo la zapatilla y el rifle.
Me cuesta mucho reconocer el retorno, pero debo decir que los rayos del sol han sido piadosos al iluminarme el camino. Solo quiero estar en casa y abrazar a mi familia.
Cuando llego, traspaso la puerta de entrada y voy directo a los cuartos.
En uno de ellos Lucía duerme plácidamente, mientras que en el otro solo se encuentra una zapatilla azul exactamente igual a la que llevo en mis manos.